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LABERINTO Y ARTIFICIO DE LA SOMBRA (fragmento)
La fotografía de Mariauxilio Ballinas hace de la imagen un sentido “revulsivo”. Su habitual alquimia se va aclarando con una frugal animosidad y la mirada expone el don del instante y los conjuros de lo cotidiano cosechan eternidad a través de su cámara.
Su fotografía es inquietante, suspicaz; es una aventura jubilosa que puede conducir a la desmesura de epifanías insólitas o a la acritud yerta en el transcurrir diario de la intimidad o en el de la convulsa sociedad.
Ejercicio ineludible del oficio es el andar y el mirar, en trote solitario muchas de las veces o en acompañamiento que anima. Tal como ocurre, la mirada vuelta tautología, se convierte en otra cosa sin dejar de ser lo que es gracias a la fotografía.
Así la fotografía se resignifica. El color de los objetos al ser mirados por Ballinas, se transforman en una azarosa obturación de indecibles escenarios: de las cosas animadas e inanimadas, la fusión de conciencia y corazón es mero ejercicio de percepción de lo visible y de lo invisible, toda una realidad pasa por su cámara. Desde allí, desde el altozano visor, se ve, se mira, se asedia, se intima a un ritmo de quietud y desesperación: don de atalayar todo lo que habita real o imaginariamente sin ser por ello garantía de que todo lo visualizado en la vida cotidiana necesariamente, al observarlo, lo conozcamos.
Por ello, para dar sentido y plenitud visual a distintos planos ópticos hay que cerrar los ojos, paradójicamente, para ver. Eso María Auxilio lo sabe de sobra y es lo que nos devela. Juego dialéctico entre interioridad y exterioridad, su mirar fotográfico es una compleja experiencia visual. Así, es tal el oficio de mirar que ante sus ojos deviene una ecuación imaginativa y creadora para decirnos y discernir que se abstrae ella, de ser mero receptáculo pasivo. En su ensayo fotográfico de “Historia de las cosas: relato de vidas invisibles”encontramos otra forma de mirar y de conocer, de aumentar la visión natural que de ordinario tenemos.
Las formas de mirar se convierten en experiencia, en percepción trascendental, es lo que Philippe Dubois llama la imagen-acto, en tanto que quien toma en sus manos una cámara, nunca se limita al hecho o al sólo gesto de la “toma”, de “abrir o cerrar el diafragma”, “medir la luz”, “encuadrar” y “disparar”; más bien, ello implica una acto de recepción y contemplación, de representación. Por ello, Dubois nos aclara que “implica ontológicamente la cuestión del sujeto, y más concretamente del sujeto en acción”.
El Fotógrafo y sus miradas -en el caso de Mariauxilio- pueden contarnos de su acercamiento idealista o de su desesperanzado realismo, de su sensualidad erótica o de su inclinación documental; como sea, no es mero receptor indiferente, monolítico y distante; es un ente asediado, reflexivo y visceral, en ocasiones romántico y sumamente pragmático en otras. Es un ser dotado de contradicciones. Hay fotografías imposibles de ver. De ver igualmente a la concepción original del Fotógrafo, bajo la idea que impugnó su creador. Es, por lo tanto, un juego el mirar: el Fotógrafo mira una “situación” digna de ser registrada y, evalúa su conveniencia; el espectador ve una fotografía que lo mira a él con vida propia en un afán de asimilación, de apropiación o en su caso, de negación de esa foto. Aunque se ve una misma realidad captada en un tiempo y espacio determinado, hay un espejo convexo que puede demarcar lecturas diametrales: entre la identificación y el rechazo, me gusta no me gusta, no la entiendo pero es interesante. Hay una prefiguración, una voluntad, un juicio asertivo, una teleología en el juego de las miradas donde interviene todo un espectro fotografiable en el universo del Fotógrafo y toda una lectura, también, del espectador. Que nuevamente, en Fotógrafo y espectador, surcaran un sin fin de imágenes en sus pensamientos, en la conciencia y en el inconsciente, únicamente para dar sentido a la fotografía que tienen en frente. Por ello, se da un complejo dialogo de autoreferencias visuales, morales, de polisemias iconográficas.
Es lo que Jacques Aumont se pregunta, “qué es ver una imagen y cómo se caracteriza ésta en cuanto fenómeno perceptivo; quién mira la imagen y qué tipo de espectador supone la mirada; cuál es el dispositivo que regula la relación del espectador con la imagen; cómo representa la imagen el mundo real y cómo produce significados; o cuáles son los criterios que nos llevan a considerar algunas de estas imágenes como artísticas, como pertenecientes a la esfera social del arte”.
En este sentido, las fotografías tienen la fuerza de la confrontación de lo que vemos y de como lo vemos, pueden llegar a cuestionar toda la estructura de pensamiento, cruzan la interioridad de quien hace y ve las imágenes para poner en entredicho el conocimiento de sí. Ese “complejo, disyuntivo e imbricado orden” que es el ser mismo.
Efraín Ascencio Cedillo
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